Carlos Felipe de Suecia y Sofia Hellqvist

Boda Carlos Felipe de Suecia y Sofia Hellqvist

Boda Carlos Felipe de Suecia y Sofia Hellqvist
Carlos Felipe de Suecia y Sofia Hellqvist

Carlos Felipe de Suecia y Sofia Hellqvist se dan el 'sí, quiero'

Todos los detalles de la ceremonia religiosa de los 'novios de Suecia', la última Boda Real que se vivirá en el reino en décadas

Estocolmo se ha vestido de boda, el país es una fiesta, las campanas tañen en honor de los novios de Suecia porque hoy acuden a la cita más importante de sus vidas. El príncipe Carlos Felipe irrumpe apenas tres minutos antes de las 16:30 horas en la capilla del Palacio Real para poner el final feliz a su mágico cuento de hadas con Sofia Hellqvist. Recorre con paso enérgico y semblante jubiloso la alfombra roja que cruza el patio palaciego hasta el templo, seguido unos pasos por detrás por su best man, Jan-Åke Hansson, amigo de su época de estudiante en el internado Lundsberg, que le acompaña paciente en su angustiosa espera hasta el momento crucial: la llegada de la novia. El Príncipe dedica un vivo saludo a la prensa y ambos acceden al interior, donde son recibidos por los oficiantes de la ceremonia religiosa, por Lars-Göran Lönnermark, obispo emérito, y por Michael Bjerkhagen, predicador de la congregación de la corte sueca, y escoltados hasta el altar engalanado con un precioso retablo de rosas, peonías y fucsias.

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Antes había entrado la Familia Real sueca por orden de protocolo. Primero la princesa Magdalena, cuya presencia en el enlace de su hermano ha sido duda hasta el último momento dado su avanzado embarazo a punto de salir de cuentas si no lo ha hecho ya, acompañada por su marido, Chris O'Neill, quien se encargaba difícilmente de la pequeña Leonore que se revolvía en sus brazos persiguiendo su momento de gloria ante los fotógrafos; después los príncipes Victoria y Daniel, sin la princesa Estelle que tiene un papel protagonista en las nupcias como una de las niñas de las arras, y por último los orgullosos reyes Carlos Gustavo y Silvia se adentran en la capilla ya repleta de invitados al enlace. La realeza extranjera, autoridades del Gobierno, familiares y amigos de la pareja… Alrededor de 350.

La tensión comienza a manifestarse en el Príncipe, que se recompone como puede con hondas respiraciones, estiramientos de brazos y miradas a la bóveda, mientras aguarda a su princesa. Son instantes eternos e inquietantes que vencen de buenas a primeras a la princesa Victoria, a la que sin más ni más se le escapan las primeras lágrimas (solo las primeras del día) antes de empezar siquiera la ceremonia, ante la mirada atónita primero y divertida luego de Federico y Mary de Dinamarca y Haakon y Mette-Marit de Noruega. Son instantes infinitos que arrancan a los invitados continuas miradas hacia la entrada.

Los primeros acordes de la marcha nupcial de entrada anuncian que ha llegado el ansiado momento por el que el novio desesperaba los últimos seis minutos. Sofia ha sido fiel a la tradición y se ha hecho esperar. Pero su cándida sonrisa ha compensado cada minuto de demora. La novia, blanca y radiante con una creación de Ida Sjöstedt y una tiara de brillantes y esmeraldas que los Reyes de Suecia le han regalado por su boda -adornada como es tradición sueca con flores de mirto-, llega varios minutos pasada la hora prevista, pero sin defraudar a nadie. Sofia, que tras su boda pasará a engrosar la lista de bellezas de la realeza, está, si cabe, más guapa que nunca. Y el Príncipe, que es un hombre enamorado, a duras penas puede contener la emoción cuando ve aparecer a su futura esposa del brazo de su padre, Erik Hellqvist.

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Padre e hija entran precedidos por el cortejo nupcial, la princesa Estelle, sobrina y ahijada del novio; las gemelas Chloé y Anäis Sommerlath, hijas de Patrik Sommerlath, sobrino de Silvia, y Tiara, ahijada de Sofia, con preciosos vestidos blancos de seda con mangas de encaje y réplicas en miniatura del ramo de novia a juego con toda la decoración floral. El apuesto novio, con el uniforme de gala del Cuerpo Anfibio de la Marina Real de Suecia (modelo de 1878) y las órdenes de los serafines, de la Estrella Polar y otras medallas miniatura, recibe a mitad del trayecto a Sofia, que se dirige hacia él, sin dejar de mirarse, sin dejar de sonreírse, y juntos completan la última parte del recorrido, los últimos metros hacia su nueva floreciente vida -el pasillo convertido en una arboleda-, como marido y mujer. Una vez se encuentran los novios ante el altar, en donde reposa como es tradición la corona del príncipe Karl XIII, sobre un cojín a la derecha, y la corona de la princesa Sofía Albertina, sobre otro almohadón a la izquierda, así como el estandarte de serafines, él toma la mano de ella para el resto de la ceremonia.

Comienza entonces una romántica ceremonia en la que los momentos musicales nada ortodoxos -no falta la canción de la pareja, una versión de Umbrella de Rihanna cantada por Salem al Fakir- contribuyen especialmente al despertar de las emociones. El ceremonial no se dilata y tras la bienvenida de los oficiantes la princesa Victoria, hermana del novio, y Sara y Lina Hellqvist, hermanas de la novia, suben al púlpito para realizar las lecturas. La novia deja su ramo, señal de que se acerca el momento cumbre de toda boda: el rito del intercambio de los votos y los anillos, que cumplió con las más altas expectativas de los románticos más exigentes.

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El oficiante bendice las alianzas, de oro la de él y de brillantes y con diseño del Príncipe la de ella, y se las entrega a los novios que se ponen frente a frente tomándose de las manos y, con los ojos clavados el uno en el otro, se prometen amor eterno hasta que la muerte les separe. Sin titubeos, ni olvidos, ni errores. Alto, claro, firme. Lo único que no discurre según lo ensayado es la puesta de los anillos. A Carlos Felipe de Suecia se le resiste la alianza de su amada y, en su lucha, hace verdaderos aspavientos del esfuerzo, ante la mirada cómplice de los presentes, hasta conseguir ponérsela finalmente. Ella logra introducir al Príncipe la suya sin mayores problemas, su reto particular es evitar que una lágrima furtiva se escape. Concluyen los esposos con una mirada de dicha de "ya somos uno". A partir de entonces la música envuelve el templo para celebrar que Carlos Felipe de Suecia y Sofia Hellqvist ya son marido y mujer y que desde ahora también ella es Princesa de Suecia y Duquesa de Värmland.

Se acerca el final. Al son de la trepidante marcha nupcial de salida, estilo gospel, los novios abandonan la capilla real. Tras ellos, salen la Familia Real sueca, la familia Hellqvist, los miembros de la realeza y el resto de invitados. Unos con la sonrisa en los labios, otros con el suspiro en la boca. Los recién casados, relajados y sueltos, se dejan llevar por un arrebato de amor más efusivo cuanto más se alejan: besos, miradas, caricias, sonrisas... Más besos, muchos más besos. Finalmente esperan unos instantes a la salida de la iglesia para saludar a la multitud a los que obsequian con saludos y un nuevo beso. Y Suecia estalla en vítores, felicitaciones, redobles de campanas y salvas de cañón.

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