Comentar 20 OCTUBRE 2012

Guillermo y Stéphanie de Luxemburgo se dan el 'sí, quiero'

La llegada de la novia, el rito de los anillos, los nervios de los novios, la salida de los recién casados... Todos los detalles de la ceremonia religiosa

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Érase una vez un país encantador engalanado para el enlace de su príncipe, érase una vez un pequeño reino henchido por el júbilo, érase una vez unos novios reales ansiosos de poner el final feliz a su particular cuento de hadas. Pero no hace cientos de años de eso, aunque la Boda Real del último Heredero de Europa que faltaba por casar parezca que se remonta a siglos atrás y sea la más clásica de todas las nupcias reales de esta generación de Príncipes. Como las de antes.

Sólo el calendario, la infinidad de dispositivos móviles y el deseo de los novios de popularizar su unión -han hecho partícipe al público de su felicidad cursando por primera vez 270 invitaciones para que algunos conciudadanos fueran testigos de excepción del sí, quiero en el templo y otras 280 para que algunos otros privilegiados asistieran al enlace desde una carpa gigante instalada cerca de la catedral, donde se retransmitía la celebración en una enorme pantalla- nos rescatan y nos trasladan de vuelta al presente.

Guillermo de Luxemburgo ha seguido los dictados de su corazón y de la tradición monárquica y se casa a la antigua usanza con la condesa belga Stéphanie de Lannoy, descendiente de una aristócrata familia de antiguo linaje, reforzando centenarias tradiciones monárquicas, algunas hoy olvidadas, y rindiendo tributo a la Historia, al unir otra vez el destino de Bélgica y Luxemburgo, como hicieran sus abuelos, los grandes duques Juan y Josefina Carlota.

Llega el novio
Los protagonistas acuden con premura a la cita más importante de sus vidas. El príncipe Guillermo, junto a su madre, la gran duquesa María Teresa, que ejerce de madrina y hace honor a su destacado papel con sublime elegancia con un vestido coral de Natan y sombrero a tono de Fabienne Delvigne, irrumpe a las 10:52 en la catedral de Nuestra Señora de Luxemburgo, escenario nupcial de la ceremonia religiosa, llena de invitados al enlace: miembros del Gobierno, de las autoridades nacionales y del Cuerpo Diplomático, jefes de Estado, la realeza extranjera, familiares y amigos de la pareja… Un total de 1.400.

Bajo los acordes de la música sacra, la fanfarria del compositor escocés William Mathias, ambos entran en el templo, donde son recibidos y escoltados hasta el altar por las autoridades eclesiásticas que van a presidir la ceremonia: el arzobispo Jean-Claude Hollerich, que será asistido por el nuncio Giacinto Berloco; el antiguo arzobispo Fernand Franck, el abad Michel Jorrot y el capellán François Muller. Minutos antes lo hacían los demás miembros de la Familia Gran Ducal mientras sonaba el himno nacional, Nuestra patria: el gran duque Enrique, su padre, el gran duque Juan, y cuatro de sus hijos, el príncipe Félix, el príncipe Luis con su esposa, la princesa Tessy, y el príncipe Sebastián.

 

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Blanca y radiante
La novia no se hace esperar y desvela al fin el secreto mejor guardado de toda boda. La princesa Stéphanie aparece en la catedral con antelación a la hora prevista, sólo cinco minutos después del novio, blanca y radiante con una creación de Elie Saab y coronada con una tiara de la familia Lannoy, de gran peso sentimental, que ya ha sido llevada por sus hermanas y sus cuñadas en el día de su matrimonio. Llega a bordo de un automóvil Daimler DS 420 de color azul, comprado por la Familia Gran Ducal en 1988. Entra, del brazo de su hermano Jehan de Lannoy, que la acompaña en los últimos metros hacia su nueva vida, ya que su padre, el conde Phillippe de Lannoy, está delicado de salud.

Un pasillo que recorre tímida, pero sonriente y con la mirada fija en el altar, donde la espera su apuesto príncipe, con su uniforme de gala decorado con la Orden del León de Oro de la Casa de Nassau (Gran Cruz insignia) y la Orden de la Corona de Cadena, mientras toca la pieza Grand Chœur Dialogué de Eugène Gigout. Les escoltan delante y detrás el grupo de pajes y damitas, formado por los sobrinos de los novios: el príncipe Gabriel, hijo del príncipe Luis y la princesa Tessy; la condesas Carolina y Louise de Lannoy, hijas del conde Jehan de Lannoy; Isaure y Lancelot de le Court, hija e hijo de Isabelle de Lannoy, y Madeleine Hamilton, hija de Nathalie de Lannoy, y las dos damas de honor, la princesa Alejandra, hermana pequeña del novio, y Antonia Hamilton, sobrina de la princesa Stéphanie (hija de su hermana Nathalie con John Hamilton), pendientes de que el vestido luciera en todo su esplendor.

Los nervios asoman
Muda el rostro del príncipe Guillermo por los nervios, que no desvía la mirada de la novia y sigue visiblemente más tenso sus últimos pasos antes de volver a reunirse. Antes de llegar al altar, ella y su hermano saludan con una leve inclinación de cabeza a la realeza, los invitados de mayor rango, y después se dirigen a su padre al que besan cariñosamente y con el que mantienen unas distendidas palabras previas al comienzo de la ceremonia. A ellos se une también el novio, y su nerviosismo por unos instantes se disipa. La tradición hace sitio a la emoción y a especiales gestos fuera del ceremonial. Entonces la pareja se encuentra ante el sagrario. Él la recibe con una nerviosa sonrisa de bienvenida y una mirada de refilón y ella tampoco le mantiene la mirada y se vuelve rápidamente hacia el Arzobispo. Más adelante sus ojos se cruzan una y otra vez y se muestran cómplices y cariñosos.

La solemnidad del histórico momento preside de nuevo la ceremonia y se guarda un minuto de silencio en memoria de la madre de la novia, la condesa Alix della Faille de Levergehem, repentinamente fallecida el pasado verano (26 de agosto de 2012), una dolorosa ausencia muy presente en este trascendental y emotivo día para la princesa Stéphanie. No faltan por supuesto gestos que honran su recuerdo (además, la novia lleva el anillo de esponsales de su madre y la imagen de Nuestra Señora de Luxemburgo va tocada con el velo de novia de la recordada condesa Alix).

Tampoco, en una Boda Real tradicional como esta, los valores cristianos de la Familia Gran Ducal de devoción a la Virgen de la catedral, Consolatrix Afflictorum (Consuelo de los Afligidos), vestida especialmente para la ocasión con un traje hecho del mismo tejido con el que se fabricó el vestido de novia de la gran duquesa María Teresa. Además, la escultura lleva un rosario de cristal, que perteneció a la abuela paterna de la gran duquesa María Teresa, la señora María Narcisa Álvarez Tabio, y el Niño Jesús lleva la medalla de bautizo de la Gran Duquesa así como el relicario con una foto de la Familia Ducal.

 

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El rito del matrimonio
Se acerca el momento más álgido de toda boda: las preguntas y las respuestas que todo el mundo desea oír. El romanticismo asiste al rito del intercambio de los votos y del anillo, mientras el príncipe Guillermo acaricia la mano de su princesa, pero todo discurre según lo ensayado: él pronuncia su promesa de amor eterno, alta, clara y sonora; ella hace lo propio y promete amarle hasta que la muerte les separe y, tras la bendición de las alianzas, se dicen: "Te entrego esta alianza en señal del pacto de nuestro amor y de nuestro lealtad" y, a continuación, se las ponen el uno al otro.

Justo después, más relajados, Stéphanie de Lannoy pregunta al príncipe Guillermo "¿Qué tal?" ("Ca va?"). La emoción contenida de los novios aflora en sus familiares y amigos y el Gran Duque cede a sus sentimientos de los primeros. Otros de los muchos invitados han tomado infinidad de fotos y vídeos de estos instantes con sus dispositivos móviles haciendo de la ceremonia una boda 2.0.

¡Vivan los novios!
El momento más oficial de la ceremonia precede al final. Los novios y sus testigos proceden a la firma en el registro, el príncipe Félix y Lawrence Frankopan, por parte del príncipe Guillermo, y la baronesa Blanche von und zu Bodman y la princesa Louise de Stolberg-Stolberg, por parte de la princesa Stéphanie. A los acordes de la música sacra, el Tercer Movimiento de la Primera Sinfonía del compositor y organista francés Alexandre Guilmant, y tras un aplauso de los invitados, los novios, acompañados por el grupo de pajes y damitas abandonan el templo. Tras ellos, la Familia Gran Ducal luxemburguesa, la familia Lannoy, los miembros de la realeza y el resto de invitados. Los recién casados aguardan unos instantes a la salida de la iglesia antes de cruzar la apuntada bóveda de sables empuñados por los oficiales y Luxemburgo estalla en vítores, felicitaciones y redobles de campanas.

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