Comentar 10 SEPTIEMBRE 2012

Cuando falta un mes para asistir a la Boda Real de Luxemburgo, recordamos el romántico enlace de los grandes duques Enrique y María Teresa

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La gélida pero luminosa y soleada mañana de 14 de febrero de 1981 se casaban el príncipe heredero Enrique de Luxemburgo y la cubana criolla María Teresa Mestre Batista-Falla. Como elocuente demostración de que se trataba de un matrimonio por amor, los novios eligieron darse el sí, quiero en la significativa fecha de San Valentín, conmemorativa del Día de los Enamorados.

La boda real se celebró en un ambiente sencillo, a pesar de que entre los invitados se encontraban los Reyes de Bélgica, Noruega, Dinamarca, la reina María José de Italia, los Príncipes de Mónaco, el Duque de Edimburgo, en representación de la reina Isabel; los Príncipes herederos de Liechtenstein, la princesa Margarita de Holanda, en representación de la reina Beatriz; la princesa Cristina de Suecia, en representación de su hermano el rey Carlos Gustavo; la infanta Margarita, que asistió con su marido, el doctor Zurita, en representación de los Reyes de España. Y, junto a estos, se encontraban también entre los invitados veintinueve Príncipes más, entre ellos, Paola y Alberto de Lieja y su hijo, el Príncipe heredero de Bélgica.

Consistió en dos ceremonias, que tuvieron como escenario el palacio ducal, donde se celebró el matrimonio civil, y la catedral del Gran Ducado, donde se llevó a cabo el matrimonio canónico. Dos bellos ejemplos arquitectónicos: el palacio ducal, construido entre los siglos XVI y XVIII, con fachada renacentista y cierta influencia hispano-árabe, y la catedral, cuya primera piedra se puso el 7 de mayo de 1613, es un vivo ejemplo del estilo gótico tardío en el pequeño país, aunque el pórtico es renacentista.

 

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Sólo la familia e invitados reales y principescos asistieron a la boda civil, mientras que el resto de los invitados pudieron seguir el desarrollo de la misma a través de numerosas pantallas de televisión estratégicamente colocadas en el interior de la catedral. A pesar del día soleado, el intenso frío, varios grados bajo cero, impidió que el cortejo se dirigiera a pie desde el palacio al templo, realizándose en su lugar en coches, aunque la distancia que separaba ambos puntos era sólo de trescientos metros. Los primeros familiares en llegar a la iglesia fueron la reina María José de Italia, tía-abuela del novio; la gran duquesa Carlota, abuela paterna del novio, y la señora M. A. de Mestre, abuela paterna de la novia, que ocuparían un lugar destacado a la derecha del altar. Minutos después lo harían los hermanos del Gran Duque heredero, María Astrid, Juan, Margarita y Guillermo, así como los hermanos de la novia, Antonio y Luis. Al frente de  unos y otros se acomodarían unos minutos después los grandes duques Juan y Josefina Carlota y los señores de Mestre, padres respectivos de los contrayentes.

Precediendo a los novios, hicieron su entrada los reyes Balduino y Fabiola de Bélgica, tíos del novio; la reina Margarita de Dinamarca y su marido, el príncipe consorte Henri; los príncipes Raniero y Grace de Mónaco; el rey Olav de Noruega y el Duque de Edimburgo; los Príncipes herederos de Liechtenstein, la princesa Margarita de Holanda y su marido, Pieter van Vollenhoven; la princesa Cristina de Suecia y su marido, Tord Magnuson; la infanta Margarita y su marido, el doctor Carlos Zurita.

Eran las  once de la mañana cuando el novio llegaba a la catedral dando el brazo a su madre y madrina, la Gran Duquesa, que vestía un modelo de Chanel. Esperó en el altar a la novia. María Teresa, que lucía un vestido nupcial diseñado por Balmain, en seda natural ribeteado de armiño, con gran velo de tul e incrustaciones de encaje de Manila, perteneciente a su familia, y diadema y pendientes de diamantes, hizo su entrada del brazo de su padre y padrino tras haber sido recibida a la entrada por el nuncio apostólico de Luxemburgo, asistido por el vicario general, reverendo Matthias Schiltz, y el capellán de la Corte, fray George Vuillermoz.

 

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La misa nupcial discurrió con música de Franck, Vivaldi, Haendel, Torelli, Scarlatti, Schubert, Mozart, Bach, Mertens, Barthel, Zinnen y Widor. Cuando el nuncio pidió el  al novio, el príncipe Enrique se volvió respetuosamente hacia sus padres para solicitar su consentimiento, que recibió con una leve inclinación de cabeza y una emocionada sonrisa. Los novios, ya convertidos en marido y mujer, y María Teresa Mestre, en princesa heredera del Gran Ducado de Luxemburgo, abandonaron sobre las 12:30 el templo bajo un arco formado por los sables de los oficiales, compañeros del novio.

Minutos después tenía lugar en la balconada del palacio una simpática escena protagonizada por los recién casados, que salieron ante el clamor del público congregado frente al palacio. Los príncipes Enrique y María Teresa correspondieron a las muestras de afecto de los luxemburgueses, que les pidieron que se besaran. El joven esposo, con un gesto entre tímido y nervioso, les dijo que sí, pero dentro y más tarde. Ante la insistencia de los ciudadanos, besó cariñosamente a su esposa. Beso al que siguió la ovación de los testigos. A continuación, les pidieron que aparecieran también los Grandes Duques. Entonces, él dejó a la novia sola en el balcón y acudió a llamar a sus padres. Cuando reapareció con ellos, los admiradores respondieron con enorme entusiasmo, pero no cesaron ahí sus ruegos. Después reclamaron la presencia de los hermanos del novio, que fueron igualmente vitoreados, y cuando la familia se retiró, pidieron que se asomaran los padres de la novia..., y luego otra vez los Grandes Duques y los Príncipes... y los hermanos de la novia... y hasta el príncipe heredero de Bélgica. Pero no contentos con ello, pidieron aún otro beso a los recién casados. Esta vez ella tomó la iniciativa y se arrojó a su cuello poniendo el romántico punto y final a su boda.

 

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