Comentar 11 OCTUBRE 2012

La gran duquesa Carlota y el príncipe Félix: cuatro décadas de felicidad ininterrumpida

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Las circunstancias se confabularon para que su destino fuera excepcional y el amor se alió para que cumpliera con éxito su especial misión. Nada hacía sospechar que la segunda hija del gran duque Guillermo IV acabaría en el trono. Antes tuvo que producirse la muerte prematura del único hijo varón del soberano y la abdicación de la mayor de sus seis hijas, la princesa Marie Adelaide, en su hermana pequeña, tras siete años de reinado, desde 1912 a 1919, en los que el creciente descontento del pueblo, que no veía con buenos ojos las relaciones de la soberana con los alemanes, y una fe, casi mística, acabaron empujándola a las carmelitas con el nombre de madre Marie de los pobres.

Así que la princesa Charlotte casi estrenó reinado con su boda real. Habían pasado apenas diez meses desde que prestara juramento el 15 de enero de 1919 ante una delegación de representantes especialmente congregados en el castillo de Berg y desde que se dirigiera por primera vez el 19 de enero a sus conciudadanos: “Haré todos los esfuerzos en cumplir escrupulosamente mis deberes como soberana de Luxemburgo. Llevaré a cabo mi ambiciosa misión con el mismo espíritu. Mi línea de conducta en el ejercicio del poder supremo estará supeditada a la Constitución y a las leyes. El Gobierno dotado de la confianza de la nación me servirá de guía y consejero. Viviré la vida de mi pueblo. Compartiré sus gozos y sus sufrimientos”.

Vestida de blanco y con un velo de encaje que le cubría el rostro, irrumpió tímidamente, pero muy feliz, del brazo del hombre con el que se iba a unir en matrimonio aquel 6 de noviembre de 1919 en la catedral de Nuestra Señora de Luxemburgo. Tenía muy presente su buena fortuna: era la Gran Duquesa reinante. También era consciente su flamante esposo, Félix de Borbón, príncipe de Parma.

 

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La gran duquesa Carlota, hija del gran duque Guillermo y de la princesa Marie Anne de Braganza, no había recibido la formación de un heredero al trono, que le permitiera enfrentarse a su histórico papel, pero derrochaba belleza y encanto y contaba con un compañero de vida, y de fatigas, fiel entre fieles, para reconquistar el descepcionado corazón de sus conciudadanos. El príncipe Félix recibió la nacionalidad de Luxemburgo y nació una nueva dinastía: la Casa de Luxemburgo sucede a la tradicional Casa de Nassau.

Los jóvenes soberanos tuvieron dos hijos y cuatro hijas, Jean, Elisabeth, Marie Adelaide, Marie Gabrielle, Charles y Alix, y se embarcaron juntos en una empresa esencial: reconstruir el reino completamente devastado por los azotes de la guerra y dar esperanza a sus conciudadanos. Se apreciaron los frutos en la celebración del centenario de la independencia del país, en 1939, ocasión en la que el pueblo demostró inmenso fervor. Pero la Segunda Guerra Mundial interrumpió los festejos: las tropas alemanas invadieron el Gran Ducado y la Familia Real, sin ceder su reino, abandonó Luxemburgo y se refugió en Estados Unidos y Canadá hasta su liberación.

El 12 de noviembre de 1964 abdicó en favor de su hijo mayor, Jean. Después de 45 años de reinado, se retiró al castillo de Fischbach y en 1970 se enfrentó al terrible dolor de ver partir al amor de su vida. Quince años después, el 9 de julio de 1985, se reúnieron.

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