Comentar 05 JUNIO 2013

Magdalena de Suecia, en busca de su tiara

La Princesa tendrá que decidir a la hora de elegir corona nupcial qué valora más en estas circunstancias: protocolo, sentimientos, innovación

 

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Magdalena de Suecia se prepara para protagonizar el próximo 8 de junio una Boda Real de ensueño. Brillará seguro como lo harán las piedras preciosas de la tiara nupcial que la coronará en su gran día. A estas alturas, a apenas una semana del enlace, la hija menor de los reyes Carlos Gustavo y Silvia ya se habrá enfrentado a la difícil elección de corona, y tenía mucho donde elegir. La Familia Real sueca posee una colección de joyas que podría marear de emoción a cualquier novia.

Se guardan en la cámara del tesoro del Palacio Real de Estocolmo varias tiaras, entre otras incontables joyas, que la princesa Magdalena podrá estrenar. Un tesoro al que la Princesa no ha tenido jamás acceso por estar destinado su uso bien a la Reina o bien su hermana mayor, la princesa Victoria. Y es que, como en todos los reinos, el empleo de las centenarias tiaras se rige por la historia, las tradiciones familiares y un protocolo secular.

Con la mayoría de edad, la joven Princesa se adentró en sus primeras galas con sutiles piezas: debutó en su 18º cumpleaños con una banda de aguamarinas, regalo de sus padres, el rey Carlos Gustavo y la reina Silvia. La joya perteneció originalmente a la princesa Luise de Battenberg, que después fue Reina consorte de Suecia. La banda de estilo art decó fue diseñada para ser llevada en la parte baja de la frente. Era un complemento perfecto para la floreciente belleza de la princesa adolescente. Con los años, la han coronado joyas de mayor importancia... Y, con mayor motivo, cabe esperar, el día de su boda.

La princesa Magdalena podrá abrir algunos cofres hasta ahora prohibidos. Una inagotable cámara en el que se guardan tiaras y aderezos jamás usados por ella: la tiara de los Camafeos; la de seis rosetones o la de Baden de su hermana; la doble de Laurel de su querida tía Lilian; la de aguamarinas; la de Leuchtenberg; la de los Nueve Picos, la de Braganza... O tal vez elija llevar en su gran día las de mayor aprecio, una de esas que más veces la han acompañado en las ocasiones de gala:  la diadema del rey Gustavo, regalo de su padre a su madre por su décimo aniversario en 1986, es una de sus favoritas, pero pensamos que es poco probable que la lleve en su boda porque ha sido una de las piezas de uso frecuente de la novia durante años; otra muy querida para la princesa Magdalena es la tiara No me olvides de Connaught, que una vez perteneció a la princesa Margarita de Connaught, que se casó con el rey Gustavo Adolfo en 1905, y se trata de la joya con la que su madre, la reina Silvia, bailó en la fiesta de las vísperas nupciales y que ella misma lució en el enlace de su hermana, la princesa Victoria.

Pero la opinión más generalizada es que la Princesa se decantará en sus nupcias por la diadema de los siete camafeos romanos, la pieza nupcial más tradicional de los Bernadotte, la misma que lucieron la reina Silvia y, tres décadas después, la princesa Victoria en sus esponsales. La diadema de los Camafeos, orgullo en su género por su originalidad y por su historia sentimental, pertenece a la colección de la emperatriz Josefina y llegó al gran cofre de Suecia de la mano de la Princesa de Leuchtenberg, nieta de la esposa de Napoleón, cuando se casó con el rey Oscar I. Esta obra maestra, diseñada con flores y hojas madreselva, está montada sobre una estructura de oro amarillo revestido con perlas y siete camafeos de la Antigua Roma, que representan figuras mitológicas. A lo largo de la historia, ha sido la tiara nupcial por excelencia.

Con la ayuda de su madre, la Reina de Suecia, los expertos guardianes del tesoro y el jefe de protocolo de la Casa Real, la Princesa tendrá que decidirse, si no lo ha hecho ya, y elegir qué valora más en estas circunstancias: protocolo, sentimientos, innovación. Es evidente que no todas las diademas son apropiadas para la boda de una Princesa heredera. Y que, por tanto, algunas no deberían ser consideradas. Por su extremada sencillez o por su majestuosidad; por su peso o por su altura, o sencillamente por su historia, su estructura y sus colores, estas joyas nunca podrían aspirar al título de tiara nupcial. A cambio, la han adornado en sus apariciones prenuciales. A unos meses vista de su boda, la Princesa se dejaba seducir por tiaras inaccesibles sabiendo que si los diamantes son para siempre, las joyas de su corona fueron diseñadas como la mejor prueba de amor, de poder, o sencillamente de belleza.

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