Comentar 02 JULIO 2011

Alberto y Charlene de Mónaco se dan el 'sí quiero'

Aunque es el tercer día de celebraciones en Mónaco, este es sin duda el momento más especial y que todos esperaban. En el patio del palacio real suenan la Sinfonía nº1, extracto de la Cantata de Bach nº 35, Sinfonía nº 2, extracto de la Cantata de Bach nº 35 y la composición de Royal Fireworks (HWV 351) de Handel para esperar a los novios. Vestido con el uniforme de verano del coronel del Cuerpo de Carabineros del príncipe, Alberto espera a la novia en el altar. Es el momento en el que se desvelará el secreto mejor guardado del día: el traje de Charlene, diseñado para ella por su amigo personal Giorgio Armani. Un vestido sencillo que ha completado con una larga cola, velo y apenas joyas, sólo un precioso prendedor en el recogido bajo. 

 

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Ella camina hacia el altar del brazo de su padre Michel, mientras suena Célébration, extracto de la composición clásica Standing Stone, de Paul McCartney. Serena, segura, con la mirada y el pensamiento puestos en el paso tan importante que está a punto de dar, Charlene es el centro de todas las miradas. Alberto de Mónaco la espera paciente y la recibe con una media sonrisa, aunque apenas se miran el uno al otro, tal vez por los nervios. Chris Le Vine, primo hermano de Alberto de Mónaco por la línea materna, y Donatella Knecht de Massy, sobrina política de Alberto, ejercen de padrino y madrina. El soberano de los monegascos y su esposa han querido dar un toque especial a esta ceremonia e involucrar en ella a los monegascos. Por ese motivo los pajes y damas de honor que acompañan a la novia al altar son seis niños procedentes de Cap-d’Ail, Beausoleil, La Turbie, Menton, Peille y Roquebrune, poblaciones muy bellas y próximas al Principado, vestidos con un traje inspirado en el traje típico del Principado.  

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La misa comienza con unas palabras en áfrikaans
Una vez juntos, comienza el rito con unas palabras de saludo en áfrikaans, uno de los idiomas que se hablan en Sudáfrica derivado del neerlandés. “Sea la unión del príncipe Alberto y la princesa Charlene un símbolo de esperanza y fraternidad para toda la gente del mundo” dice el padre Carlo Adams en esta lengua. Suena durante el Gloria la composición K 317 Krônungsmesse, de Mozart.

Paulina Ducruet, hija mayor de Estefanía, que igual que en la ceremonia civil está muy emocionada, es la encargada de leer la primera lectura del libro de Tobías (8. 5-6; 10), mientras que la segunda, primera carta de San Juan (4. 7-16), corre a cargo de Carlota Casirahi. “Queridos míos, amémonos los unos a los otros porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” lee la hija mayor de la princesa Carolina. La lectura pertenece al evangelio de San Juan (2. 1-11), es el pasaje de las bodas de Caná.

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Durante la homilía, la pareja se mira y se sonríe, la complicidad entre ambos es grande. Alejandra, hija pequeña de Carolina, y Camila, la menor de Estefanía, también participan en la ceremonia llevando las alianzas y leyendo las plegarias, en las que se ha recordado a la tía de Alberto, Antoinette. En el momento de celebrar el rito del matrimonio, el cura pregunta al príncipe Alberto: “Alberto ¿tomas a Charlene aquí presente como tu legítima esposa desde este día, en lo bueno y lo malo, en la riqueza y la pobreza, en la salud y la enfermedad, para amarla durante el resto de tu vida?”. “Sí quiero” responde Alberto y Charlene hace lo propio cuando se le hace la misma pregunta, después intercambian los anillos, de oro blanco y platino. En ese momento, Alberto le lanza un beso a su mujer. 

La cantante sudafricana Pumeza Matshikiza entona el himno Click Song, un recuerdo más, uno de tantos en estas celebraciones, al origen de la novia. Alberto y Charlene ya son marido y mujer a los ojos de Dios, han recibido la bendición a su unión. Mientras suena la canción, la pareja, olvidados ya los nervios, conversa y, ante los ojos de todos los presentes, se dan un beso, el primero tras el rito religioso. Es el momento de escuchar las increíbles voces de los tenores Andrea Bocelli, que emociona a los invitados con el Ave Maria, y de Juan Diego Flórez, que entona el Rejoice Geatly, O daughter of Zion, extracto del Mesias de Händel.

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Una “iglesia” al aire libre
El Patio de Honor del palacio principesco se ha transformado en una auténtica iglesia, con el altar colocado en el centro de la confluencia de las dos escalinatas, flanqueadas por los músicos que ponen la banda sonora a esta ceremonia. No faltan las alfombras rojas, una inmensa lámpara de araña que parece suspendida de la cúpula celeste, novecientas sillas y butacas blancas grabadas con las armas de los Grimaldi y, por supuesto, el altar vestido. Se ha instalado el blasón de la dinastía presidiendo el sagrario. A uno y otro lado del mismo, los monogramas en flores de los novios reales: a la izquierda el de la princesa y a la derecha el del príncipe.

Monseñor Bernard Barsi, arzobispo de Mónaco, es el oficiante de la misa -asistido por Monseñor André Dupuy, Nuncio apostólico del Principado, Monseñor Alberto Maria Careggio, obispo de Vintimille-San Remo y Monseñor René Giuliano, vicario general- que unas 3.500 personas siguen en directo a través de las dos pantallas instaladas en la plaza de palacio, mientras millones lo hacen a través de la televisión, Internet y otras pantallas colocadas en diferentes lugares del Principado. En el patio de honor hay sólo unos 825 invitados que son los privilegiados que ven la misa de cerca.

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Las flores y la música se llenan de guiños al origen sudafricano de la novia
El florista Christian Carlesi-Sorasio ha sido el encargado de embellecer los escenarios de este enlace con flores elegidas en su totalidad por los novios, que han confiado en su talento heredado sin duda de su abuelo, que fue el encargado de la decoración floral del enlace de Raniero III con la princesa Gracia. Esta es sin duda la manera que tiene Alberto de rendir un bonito homenaje a sus padres y otra muestra más del gran protagonismo que tienen los ciudadanos de Mónaco en estas nupcias. En el palacio se han colocado guirnaldas compuestas por rosas, hortensias, orquídeas de color blanco, lirios y una flor típica de Sudáfrica.

La música la pone la orquesta filarmónica de Montecarlo, el coro de la ópera de Montecarlo –compuesto por 40 voces-, que cuenta con grandes solistas internacionales, y la Maîtrise de la catedral con los Pequeños Cantores de Mónaco (45 adultos y 30 niños) dirigidos por Pierre Debat, maestro de capilla del palacio principesco y de la catedral. Los Pequeños Cantores de Mónaco, bajo la dirección de Pierre Debat, es un grupo de unos 30 niños, con edades comprendidas entre los 9 y los 15 años, fundado en 1974 por el príncipe Raniero III y que forma parte de la “Maîtrise de la catedral de Mónaco”, institución que presta servicio musical de forma regular a la catedral monegasca desde su fundación en 1904. Estos grupos están colocados a ambos lados de la escalinata principal.

Voces tan conocidas como las de las sopranos Renée Fleming y Pumeza Matshikiza y los tenores Juan Diego Flórez y Andrea Bocelli han aportado su talento a este evento. El cuarteto de solistas para los extractos de las composiciones de Mozart está compuesto por Lisa Larsson, soprano, Wiebke Lehmkuhl, alto, Kenneth Tarver, tenor, y Alexander Vinogradov, bajo. El gran órgano lo tocará Olivier Vernet y el órgano del coro, Jean-Cryrille Gandillet. A su salida, en la plaza de palacio ha recibido a los novios una lluvia de pétalos de rosa y muchoas aplausos. No se ha dejado ni un detalle al azar porque una boda real así lo requiere.

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