Comentar 19 JUNIO 2010

Victoria de Suecia y Daniel Westling ya son marido y mujer

La llegada de la novia, el rito de los anillos, el 'sí quiero', las lágrimas del novio, la salida de los recién casados... Todos los detalles de la ceremonia religiosa de los 'novios de Suecia'

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Daniel Westling llegó a las 15:25 a la catedral de San Nicolás de Estocolmo para poner el final feliz a su particular cuento de hadas. Una historia de amor de siete largos años con la princesa Victoria que hoy culmina con una histórica Boda Real, el primer enlace del siglo en el país escandinavo y las primeras nupcias de una Princesa heredera en el reino. Recorrió con paso firme la alfombra azul que conducía desde el Palacio Real al templo, acompañado por el príncipe Carlos Felipe, hermano de la novia. Tras saludar a sus conciudadanos congregados a la entrada de la iglesia, así como a los músicos y al coro infantil, irrumpió en el templo. Instantes antes, habían entrado los Reyes y la princesa Magdalena escoltados por los pastores que oficiarían la ceremonia religiosa: el arzobispo de Uppsala y máxima autoridad de la Iglesia luterana sueca, Anders Wejryd, el obispo emérito Lars-Göran Lönnermark, el deán Åke Bonnier y la obispo de Lund, Antje Jackelén.

Victoria de Suecia no le hizo esperar. La novia, blanca y radiante con una creación de Par Engsheden y la tiara y el velo que llevó su madre, la reina Silvia, en su boda en 1976, descendía puntualísima del coche. Daniel esperaba contenido su llegada, mientras su futuro cuñado le miraba con complicidad. Ante los acordes nupciales, la princesa Victoria entró en la catedral, como era su deseo, del brazo de su padre, el rey Carlos Gustavo. Les precedían los siete pajes y damitas de honor más pequeños -ellas con vestidos blancos de manga corta y zapatos de bailarina y ellos con trajes marineros, una tradición en la familia Bernadotte- y tras ellos las tres damas mayores. El novio recibió a mitad del trayecto a la princesa Victoria con una caricia y juntos -consintiendo así al sector más conservador de la sociedad sueca que consideraba una costumbre ajena a la tradición del país y de corte machista que la Princesa se dirigiera al altar con el Rey en lugar de con su futuro esposo- completaron la última parte del recorrido hacia el altar saludando con leves inclinaciones de cabeza a los invitados de menor rango y saludos más reverenciales a los Reyes de Europa.

 

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Una vez se encontraron los novios ante el altar, en donde reposaban como es tradición dos coronas de la regalía de la Corona Real sueca en sendos almohadones de terciopelo azul (a tono con el resto de la tapicería del templo), se tomaron de la mano, que mantuvieron en todo momento entrelazadas jugueteando los dedos de uno con los del otro, y se prodigaron en el transcurso de la ceremonia continuas miradas de complicidad. Las de ella, más relajada y emotiva, acompañadas por una tímida sonrisa; las de él siempre comedidas durante el servicio religioso. Se acercaba poco después el momento álgido de toda boda: las preguntas que todo el mundo esperaba y las respuestas que todo el mundo deseaba oír. El rito del intercambio de los votos y los anillos estuvo a la altura de las más románticas expectativas. A Daniel se le ahogó la voz al pronunciar su promesa de amor eterno a una emocionada Victoria de Suecia y cuando la Princesa hizo lo propio y prometió amarle en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte les separara, Daniel bajó la guardia de la contención y se enjugó una lágrima de emoción. La princesa Victoria besó emocionada la mano de él y bajó rápidamente la mirada para no llorar también. No fueron las únicas lágrimas de la ceremonia. Tampoco pudieron evitar emocionarse Mette-Marit de Noruega y Margarita de Rumanía.

 

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La emoción cedió el protagonismo a nuevas sonrisas. El arzobispo provocó las risas de Daniel al llamarle por primera vez Príncipe, título -junto al de Duque de Vastergotland y al de caballero de la orden de Serafín, la más alta distinción sueca- que ha adquirido automáticamente al casarse con la Heredera al trono. Pero el romanticismo volvió a tomar el pulso de los últimos momentos de la ceremonia religiosa cuando dos cantantes entonaron la balada When you tell the World you’re mine ante las miradas más fervientes de los recién casados. Después, las tres damas de honor mayores de la princesa Victoria se dirigieron al altar para ayudar a la novia con la cola. La ceremonia había concluido y la tensión de Daniel también. A los acordes de la música sacra, los novios, acompañados por el grupo de pajes y damitas -Amalia de Holanda, Ingrid de Noruega, Christian de Dinamarca, Madeleine von Dincklage, Ian de Geer, Vivi Sommerlath, Giulia Sommerlath, Leopold Sommerlath, Hedvig Blom y Vera Blom-, abandonaban la catedral. Tras ellos, la Familia Real sueca, la familia Westling, los miembros reales y el resto de invitados. Los recién casados aguardaron unos instantes a la salida de la iglesia ante un arco formado por los sables de oficiales de la Marina real que rindieron honores a la real pareja. Momentos en los que los ya relajados Príncipes se dejaron llevar por un derroche de amor y felicidad: miradas, besos, abrazos... Y Suecia estalló en vítores, felicitaciones y redobles de campanas.

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